Tarantela

Abril Castillo Cabrera

Por María Gracia Morales

Empezamos esta historia con una niña. Ella nos cuenta, con inocencia, su rutina: los apuros de una mañana, un jugo de naranja, las contradicciones de los adultos. Así arranca una vida normal y tranquila. Pero, como suele suceder en los momentos más inesperados, llega un cambio y empieza la narración de la verdadera historia. 

Esta novela está narrada por la hija y nieta de una familia que, vista desde afuera, parece bastante común. Es fácil imaginar un hogar tranquilo, ordinario… hasta aburrido. Pero también es fácil empatizar con las partes menos claras de la historia: esa foto escondida, un familiar del que casi no se habla y la incomodidad que acompaña cualquier pregunta relacionada a ese pasado que se está tratando de negar.
Observamos cómo la narradora construye un personaje casi mitológico con la poca información que logra reunir. Incluso comparte recuerdos que son tachados de imposibles o absurdos por los adultos.
El desafío aquí es saber distinguir qué está creando ella para sentirse parte de la familia y qué es realmente un hecho.

La exploración del tiempo en esta novela es especial. Usando como herramienta fichas técnicas escritas por un abuelo que no tiene más control que lo que logra escribir, como lectores podemos entrever el sufrimiento, la esperanza y el tormento que atraviesa la familia de la protagonista. Con estas fichas podemos explorar una crisis y reconstruir una historia que, para un niña, puede resultar borrosa y confusa. Y esto se logra con un equilibrio perfecto: el detalle suficiente para ofrecer sin caer en la repetición y una agilidad que evita que la lectura se sienta apurada.

Tarantela explora un tema conocido: lo compleja que puede llegar a ser una familia. Pero lo hace desde una historia única y terrible. Como las familias suelen serlo.
No es difícil identificarse con los enredos y dificultades de las relaciones familiares: las dependencias, las alianzas que perpetúan hábitos tóxicos y todo bajo la máscara de querer ayudar. Pero, sobre todo, un tema poco explorado: como las historias se repiten.

Al mismo tiempo que esta novela nos enfrenta con dinámicas muy reales, también tiene un velo de misticismo inquietante. ¿Acaso repetir el nombre de una persona es repetir su historia? Si mi hermano lleva el nombre de mi tío, ¿va a cometer los mismos pecados? O, peor, ¿sufrir las mismas penas?

Esta novela se siente cercana, desde un punto de vista nostálgico y, por momentos, bastante doloroso. Abril Castillo Cabrera nos invita a ser empáticos con un grupo de personas tan complejo como pueden ser una familia y, a la misma vez, entender que esas relaciones únicas son las que, muchas veces, condenan las acciones de los adultos como individuos independientes.

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Ediciones Antílope