Este año ya recorrimos la geografía pampeana –como dijimos en su momento, el corazón histórico y productivo de la Argentina– de la mano de Gabriela Cabezón Cámara. Ahora volvemos a ese territorio con la mirada más seca y, si se quiere, contemporánea, de Hernán Ronsino. Sus tres primeras novelas –La descomposición, Glaxo y Lumbre– son consideradas, precisamente, una "trilogía pampeana". Giran en torno a la pequeña ciudad rural de Chivilcoy y exploran la zona con precisión casi etnográfica: los paisajes chatos, los personajes rústicos, la agresión sorda y la presencia ineludible del poder y de la política, incluidos los efectos de las múltiples dictaduras militares, que llegaron con su violencia hasta los caseríos más alejados. La llanura que describen estos textos no es la de la naturaleza libre ni la de exuberancia agrícola, sino la de una zona de choque con la civilización marcada por la explotación, el desgaste y la injusticia.
Muchos críticos sostienen que, en su literatura, Ronsino va construyendo una "zona propia", como el famoso Yoknapatawpha de Faulkner. De hecho, sus personajes –como Vardermann y Pajarito Lernú que encontramos en Glaxo– reaparecen en cada libro, dándole a todos un gran sentido de unidad. Una unidad en la que prevalece siempre una mirada marginal, como al sesgo, que nace en esas formas de existencia que hoy parecen quedar lejos: "En general, me interesa trabajar en esos bordes en los que se desintegran las certezas obvias pero surgen otras que permiten mirar críticamente el centro, las posiciones afianzadas", dice.