El barroco

En los siglos XVII y XVIII –plena época colonial en nuestro continente– en Europa se imponía el barroco, una concepción del arte recargada y ornamentada, contrapuesto a la simpleza de líneas impuesta por los clasicismos previos. Tanto en pintura como en arquitectura y literatura, se destacó un gusto por lo sorprendente, por las ilusiones ópticas y los golpes de efecto. Para muchos críticos, un arte “caprichoso” en el que no se respetaban las reglas ni las proporciones: ¿qué es verdad y qué es imaginación, engaño, fantasía? Uno de los autores más destacados del período es, precisamente, Calderón de la Barca, con su fabulosa obra La vida es sueño.

Pues algo de todo esto reencontramos en nuestro Peregrino: ¿qué partes de lo que se narra sucedieron de verdad y cuáles son invento del autor? Sabemos –él mismo lo ha dicho– que hay partes textuales tomadas de otros libros, como el citado Peregrinación de Alpha. Pero más aún, hay un juego con los tiempos y las voces narradoras que nos hacen dudar permanentemente de la perspectiva: ¿desde dónde se está narrando esta historia? ¿Qué realidad nos está mostrando? En el fondo, han dicho varios críticos, este es un libro sobre cómo mirar: la naturaleza, la historia, el mundo que nos rodea. Nos trae a la conciencia que todo es artificio, que no existe una única realidad y que siempre construimos lo que vemos según una gran mezcla de preconceptos individuales y sociales. “Me interesa que veamos cuán complejo es el entramado estético y político en el que las imágenes que creamos actuaron y siguen actuando”, dice Cárdenas.