En los últimos años la literatura ecuatoriana viene sonando fuerte, gracias a un puñado de escritoras extraordinarias entre las que Mónica Ojeda no es la única.
Como muchas literaturas del continente, sus orígenes están íntimamente ligados a los relatos indígenas precolombinos, que pasaron de generación en generación y permitieron, así, que mitos y leyendas increíbles llegaran hasta nuestros días. Pasado el siglo de la conquista, Ecuador sufrió períodos de largas y devastadoras guerras civiles, que dificultaron la aparición de una tradición literaria sólida. También por eso, las obras más leídas se caracterizaron por una fuerte tendencia costumbrista y por un realismo social que retrata con crudeza las injusticias en la vida cotidiana de la población indígena. Tal vez la novela más conocida en este sentido sea Huasipungo (1934), de Jorge de Icaza, traducida a docenas de idiomas. Existe también una destacada corriente de narrativa afroecuatoriana, entre la que el libro más conocido es Juyungo (1941), de Adalberto Ortiz.
Hacia fines del SXX, por fin se hacen visibles las voces femeninas. Alicia Yánez Cossío, Sonia Manzano y Luz Chiriboga son algunas de las autoras que empezaron a combinar trazos del realismo mágico con problemáticas de la identidad mestiza y críticas a la condición de la mujer en la sociedad ecuatoriana. Introdujeron, entre otros, temas como la violencia de género y el control de la natalidad.
Es esta herencia la que continúan las grandes voces contemporáneas: a Ojeda se le suman María Fernanda Ampuero, Gabriela Alemán, Yuliana Ortiz Ruano y Julia Rendón Abrahamson, entre otras. Como dice la crítica Gabriela Polit Dueñas, estas escritoras han introducido una vitalidad y una fuerza narrativa impresionantes a las letras ecuatorianas. Se trata de voces, explica, que “tienen cabida en una tradición literaria robusta por su uso de lenguaje, dinámica, diversa, desenfadada, en la que no tienen que justificar lo que escriben, porque su literatura las legitima”.
¡A disfrutar!