Tras recorrer las selvas, ríos y mares del norte de Sudamérica, llegamos ahora a la llanura pampeana, un territorio extenso y abierto que la literatura argentina ha representado tantas veces como desierto, vacío, barbarie o frontera (una construcción que tuvo consecuencias nefastas para sus pobladores originarios, pero eso es harina de otro costal). La pampa –aparentemente lisa, sin relieve, sin escondites– también ha sido narrada como lugar de paso, de conquista, de peligro. Quienes la conocen de cerca, dicen que también es horizonte, silencio, viento, humedad y tierra viva.
El término pampa proviene del quechua y significa llanura. Se extiende por todo el centro de la Argentina, llegando hasta Uruguay. El clima es templado y su sector oriental –conocido como la Pampa Húmeda– se convirtió en una zona de alta producción agroganadera. Hacia el oeste se mezcla con la Cordillera de los Andes y hacia el sur, con la Patagonia. Fue la última frontera a conquistar por la modernidad, con la cruenta Guerra del Desierto que “pacificó” la zona diezmando a la población originaria. Desde esa época –el siglo XVIII–, se la describe como un espacio inmóvil, inabarcable y árido, atravesado por campañas militares y relatos de violencia. En contraste, Las aventuras de la China Iron propone otra versión de la pampa: fértil, vibrante, sensual, capaz de alojar el deseo, el cambio y la libertad. Es una pampa vivida y reimaginada desde los márgenes —por mujeres, migrantes, cuerpos disidentes— donde ya no hay centro ni destino impuesto, sino movimiento, apertura y posibilidad.