Esta novela trata de venenos: algunos muy concretos, como el talio –un químico poderoso que se usaba en insecticidas– y otros de esos insidiosos, que se transmiten de una generación a otra, y que pueden ser igual de dolorosos e, incluso, letales. En ese contexto, la narradora menciona una enfermedad, el tarantismo, supuestamente causada por la picadura de una araña. Nos pusimos a averiguar y descubrimos que se trata de un “fenómeno histérico compulsivo”, al parecer bastante común en la antigua Italia. Se creía que lo causaba la mordida de una araña conocida como lycosa tarentula o, más fácil, la tarántula europea. Ahora bien: esas arañas son totalmente inofensivas para el ser humano. Parece que se trataba, en realidad, de cuadros psiquiátricos que en aquella época se explicaban con los razonamientos más descabellados. Lo más sorprendente, sin embargo, fue enterarnos que entre los siglos XV y XVII se extendió una epidemia particular conocida como coreomanía o enfermedad del baile: cantidades enormes de personas no podían parar de moverse y sacudirse, es decir, bailar. La hipótesis menos fantasiosa y más triste corresponde al historiador británico John Waller, que piensa que las hambrunas prolongadas dieron lugar a fiebres muy altas que, a su vez, generaban estos movimientos incontrolables. Por supuesto, nuestra autora le da una vuelta de tuerca creativa y original…